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Karine Boulanger

Pedro Shimose ©2007
Nacida en Beirut, Karine Boulanger ha dejado de ser de un país para pertenecer al mundo. Su padre francés, su madre boliviana, su arte crece arraigado en la tradición plástica francesa.
La búsqueda de una expresión personal hizo que la artista transitara por el campo minado de referencias inevitables en todo aprendizaje. A veces, geometriza a lo Cézanne y siente, como Bonnard, el paisaje, reduciéndolo a planos de color. Sus bodegones constituyen un homenaje a Chardin, mientras el colorido (cuando usa la paleta convencional) nos conduce al mundo transparente, mágico y sutil de Chagall.
Mujer de su época, ha crecido en un mundo vertiginoso, cambiante, implacable y desalmado. Tenía dos opciones: deambular por los laberintos de la abstracción o correr a cámara lenta por las autopistas del hiperrealismo. Boulanger eligió el sendero oculto de una solución propia, más poética, más secreta, más incierta, pero también más afortunada.
Sin renunciar a la figuración de esencias góticas y rasgos expresionistas, se lanzó a pintar, al dictado de pulsiones psíquicas. De pronto, su pintura se convierte en un imaginario no exento de simbolismo, una indagación de lo real y su revelación a través del color y las formas. La pintura como estado de ánimo como todo gran arte lo es. La visión más allá de la mirada.
Pinta árboles, palomas, vacas, toros, ovejas, girasoles, bananeros. Su pintura es sobria y barroca, orgánica y mineral, sedentaria y trashumante, solar y lunar. Boulanger vive entre la noche y el día, la plata y el oro de su obra serial de reminiscencias bizantinas. Sus árboles de ramas retorcidas y desnudas; sus girasoles mustios, disecados; sus ovejas pacientes, resignadas; sus aldeas sombrías, inquietantes en su abandono, son (o aparentan ser) reflejo de un mundo desolado.
Como si huyera de ese mundo, la artista se refugia en el arte y pinta paisajes metafísicos y seres intemporales, inmovilizados en su propia contingencia. Esos jinetes fantasmales, esas mujeres de movimientos congelados, esas bandas de música insonorizadas…
Boulanger ha comprendido, con el tiempo, que los artistas trabajan con los materiales del sueño y no crean otra cosa que trampantojos, trucos de ilusionista que le permiten revelar lo invisible, la realidad transfigurada por los pinceles y las espátulas de una pintora de buena ley.